El mercado del miedo: La psicología detrás del “viene-viene”
El franelero poblano no es un extorsionador; es un emprendedor informal que vende protección psicológica ante la incapacidad del Estado para evitar el robo vehicular.

Conduces un viernes por la tarde hacia el histórico corazón de Puebla o la concurrida y arbolada avenida Juárez. Llegas a tu destino, pero te enfrentas al problema urbano más antiguo y frustrante del mundo moderno. No hay dónde estacionar. Das una vuelta completa a la manzana. Luego otra más. Finalmente, observas un hueco prometedor. Sin embargo, antes de que puedas girar el volante, una figura emerge de la banqueta. Es un hombre sosteniendo un trapo rojo, de pie junto a una cubeta de plástico estratégicamente colocada sobre el asfalto. Te hace una seña, mueve la cubeta y te guía hábilmente hacia el espacio. Al bajar del vehículo, ocurre una transacción silenciosa y profundamente arraigada en nuestra cultura: le entregas una moneda de veinte pesos. Él asiente de manera cómplice y promete “echarle un ojito” a tu preciado auto.
Las cámaras empresariales y las quejas ciudadanas suelen catalogar esta molesta interacción diaria como una simple forma de extorsión callejera. Nos indignamos porque un individuo ha privatizado arbitrariamente el espacio público, cobrando un peaje ilegal por un pedazo de asfalto que le pertenece al municipio. Celebramos cuando los gobiernos anuncian operativos policiales para retirar a estos “viene-viene” o cuando instalan los parquímetros digitales.
Sin embargo, si analizamos este fenómeno a través del implacable lente de la economía conductual, descubriremos que nuestra indignación está mal dirigida. El franelero no es la enfermedad de nuestras calles; es un síntoma inevitable, una respuesta lógica de la psicología humana ante el colapso absoluto del Estado como garante de la seguridad pública.
Para entender verdaderamente por qué este próspero mercado negro florece, debemos dejar de juzgar al “viene-viene” con superioridad moral y comenzar a observarlo como lo que realmente es, un emprendedor informal hiper-eficiente que ha sabido leer y llenar un gigantesco vacío institucional. En la zona metropolitana de Puebla, el robo de autopartes, cristales rotos y el robo de espejos retrovisores son una terrible plaga diaria. La probabilidad de dejar tu automóvil estacionado en la vía pública durante dos horas y encontrarlo intacto es cada vez menor. Las autoridades no tienen la capacidad para colocar a un oficial de policía en cada esquina vigilando los vehículos.
Ante esta abismal desconexión entre la planeación urbana y la profunda necesidad humana de control y seguridad, surge inevitablemente el mercado. Los veinte pesos que el conductor le entrega al apartalugares no son un pago por el alquiler del espacio físico. Ningún conductor poblano es tan ingenuo para creer que el franelero es dueño absoluto de la calle. Ese dinero es, en la mente del automovilista, el pago de una prima de seguro informal. Es un contrato psicológico no escrito pero sumamente vinculante. Al aceptar la moneda, el “viene-viene” se convierte en un guardia de seguridad privado, el único garante real de que tus faros, llantas y espejos seguirán ahí cuando regreses de tu destino.
El tamaño de esta economía sumergida es verdaderamente asombroso. Si calculamos conservadoramente que un franelero en una zona de alta demanda gestiona unos treinta espacios y cobra veinte pesos por auto, rotando los lugares cinco veces al día, estamos hablando de un ingreso que supera miles de pesos mensuales libres de carga impositiva.
Multiplica esto por cientos de cuadras en toda la ciudad y descubrirás que el negocio del estacionamiento informal mueve decenas de millones de pesos al año. Es una masiva transferencia de riqueza de la clase media hacia la economía informal, generada exclusivamente por el miedo. Pagamos el impuesto del miedo porque sabemos instintivamente que es muchísimo más barato perder una pequeña moneda hoy que pagar por lo menos 20 mil pesos por una computadora automotriz robada mañana.
Esta es la fundamental razón por la cual ninguna política pública ha logrado erradicarlos por completo.
Cuando los ayuntamientos instalan parquímetros o realizan operativos con patrullas, atacan el problema desde una perspectiva estrictamente jurídica, pero ignoran por completo la demanda psicológica del ciudadano. El parquímetro moderniza el cobro, recauda el dinero y ordena los cajones, pero una máquina dispensadora de boletos es completamente incapaz de detener a un ladrón armado con un desarmador.
El ciudadano paga el espacio, pero pierde la protección. Y la naturaleza humana detesta fuertemente el riesgo desprotegido.
Hemos transformado el espacio público en un territorio privatizado por la costumbre, no porque los poblanos despreciemos la ley, sino porque somos criaturas racionales intentando sobrevivir en un entorno urbano hostil. Mientras el diseño de nuestras calles no garantice la integridad de nuestra propiedad, y mientras las autoridades no puedan reemplazar la tranquilidad mental que nos proporciona el saludo de un extraño con un trapo rojo, la economía subterránea del estacionamiento seguirá prosperando incansablemente. El “viene-viene” no desaparecerá con multas ni con aplicaciones móviles; desaparecerá únicamente el día en que estacionar en Puebla deje de sentirse como una ruleta rusa.



