Codicia: Por qué Airbnb y los hoteles sobreestimaron la fiebre mundialista
La ilusión de llenos masivos en hospedajes para el Mundial 2026 chocó con la realidad. Una baja ocupación que reveló la codicia y la sobreoferta.

Eres el dueño de un modesto departamento en la colonia Del Valle, en la Ciudad de México. Durante meses, has escuchado una promesa incesantemente repetida por directivos, políticos y medios. La Copa del Mundo de 2026 será el evento turístico más masivo en la historia del mundo mundial.
Escuchas al CEO global de Airbnb afirmar con entusiasmo que la altísima demanda llenaría el equivalente a dos estadios gigantes solo con usuarios de su plataforma.
Lleno de anticipación, decides hacer un cálculo rápido. Si tu departamento normalmente se renta en 86 dólares por noche, durante la fiebre del Mundial podrás cobrar, de manera conservadora, 380 dólares.
Multiplicas eso por las valiosas semanas del torneo y la inmensa cifra resultante parece un regalo del cielo. Actualizas la tarifa en la plataforma y esperas la inevitable avalancha de reservaciones de emocionados fanáticos alemanes y brasileños desesperados por una cama.
Semanas después, revisas tu calendario digital. Está completamente vacío.
Lo que sucede actualmente en las ciudades sedes de México —Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey— no es un error de cálculo en los algoritmos de precios. Es una lección monumental y fascinante sobre cómo las expectativas emocionales pueden cegarnos ante la fría y dura arquitectura matemática de la realidad. El fracaso de la fiebre del alojamiento mundialista nos enseña que el tamaño de la publicidad casi nunca equivale al tamaño real del mercado.
Para entender este fenómeno, debemos analizar el concepto psicológico de la ilusión de las masas.
Cuando la FIFA y las autoridades anuncian un evento de esta magnitud, las infladas cifras que arrojan al aire suelen estar diseñadas para impresionar políticamente, no para planificar financieramente. Se habló de cinco millones de visitantes inundando el país. Pero hoteleros experimentados, como Gonzalo del Peón, consejero de la Asociación Nacional de Cadenas Hoteleras, hicieron un ejercicio matemático muy simple que los entusiastas anfitriones aficionados olvidaron. Calcularon la capacidad física real de los estadios.
El Mundial 2026 tiene una peculiaridad fundamental. Está fracturado. México solo albergará trece partidos en total. Si sumas la capacidad máxima del Estadio Azteca, el Estadio Akron y el Estadio BBVA, y asumes que una inmensa porción de esos asientos será ocupada por mexicanos, el número de turistas internacionales se reduce dramáticamente. La industria hotelera calcula que llegarán apenas 500 mil visitantes extranjeros. Es una cifra respetable, pero está abismalmente lejos de los cinco millones que la histeria colectiva prometía firmemente.
El segundo factor de este tropiezo económico es la enorme falta de comprensión sobre el comportamiento del consumidor. Cuando un ambicioso anfitrión eleva el precio de su departamento de clase media a 400 dólares la noche pensando en hacer su agosto, olvida una regla de la elasticidad de los precios. El fanático internacional que puede pagar 50 mil pesos por un boleto de reventa para el Mundial y un avión en temporada alta, no es el perfil demográfico que desea hospedarse en un pequeño departamento de la colonia Roma sin servicio de limpieza. Ese adinerado turista reserva una cómoda habitación en un lujoso hotel de cinco estrellas.
Por el contrario, el turista de bajo presupuesto, usuario natural de las plataformas de alojamiento, al ver precios inflados al triple de su valor normal, recorta su itinerario para quedarse solo la noche del partido. La codicia especulativa rompió el punto de equilibrio del mercado. Los anfitriones fijaron precios irracionales para un segmento demográfico que no existía en la realidad.
El resultado final fue un ajuste de pánico masivo. Hoteles y anfitriones de aplicaciones por igual se vieron obligados a regresar a la realidad. En cuanto bajaron fuertemente los precios, cayeron las limitadas reservas, pero la gran ironía es que esas escasas reservas ni siquiera eran de apasionados fanáticos del fútbol; eran de personas que viajaban por aburridos negocios ordinarios o para presentaciones de libros.
La burbuja del Mundial estalló en completo y decepcionante silencio.
Incluso la comparación con otros eventos masivos en la CDMX es reveladora. Un fin de semana del Gran Premio de Fórmula Uno genera una sólida ocupación hotelera del 38 por ciento. En marcado contraste, un corto partido del Mundial apenas moverá un débil 22 por ciento de la ocupación total. La Fórmula Uno concentra la riqueza en tres días explosivos y en una ubicación sumamente compacta. El gran Mundial, al estar fragmentado en trece juegos compartidos, dispersa su impacto económico hasta volverlo casi imperceptible.
Lo que ocurrió con el alojamiento no es la historia de un fracaso turístico, sino de una profunda desilusión psicológica. Nos enamoramos tanto de la ruidosa narrativa de la Copa del Mundo que prometió la FIFA, que olvidamos hacer sumas básicas. Olvidamos que la economía no solo funciona en base a pasiones deportivas, sino bajo la lógica implacable de la oferta y la demanda.



