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La batalla invisible por la tensión eléctrica en Puebla

El verdadero poder en los corredores industriales de Puebla no reside en los políticos, sino en la restringida y desigual capacidad de la red eléctrica.

Es jueves por la mañana en el municipio de Coronango. Un grupo de funcionarios locales y empresarios se reúne frente a una enorme nave industrial recién pintada. Inician la ceremonia hablando sobre el desarrollo económico, la creación de nuevos empleos y la inmejorable ubicación geográfica del estado de Puebla. El alcalde corta un listón rojo brillante y todos aplauden celebrando el triunfo de la política pública.

Sin embargo, si miramos esta escena con detenimiento, descubriremos que la verdadera autoridad no da discursos políticos. El verdadero poder absoluto de ese parque industrial reside a unos metros de distancia, en completo silencio, dentro de una aburrida y gris caja de metal. El transformador eléctrico.

Durante décadas, hemos creído ingenuamente en una narrativa tradicional sobre cómo se desarrolla la economía urbana. Asumimos que las grandes empresas deciden dónde instalarse basándose en la abundancia de mano de obra barata, las facilidades fiscales otorgadas por el gobierno o la cercanía con las carreteras principales. Pero en el complejo panorama actual del sector energético nacional, esa narrativa ha quedado totalmente obsoleta. Hoy, el mapa de la riqueza y el empleo no lo dictan las juntas directivas ni los alcaldes, sino la estricta capacidad de tensión eléctrica. La energía se ha convertido, de manera silenciosa, en la nueva e implacable frontera de la gran desigualdad urbana.

Para comprender esta gran batalla invisible, debemos adentrarnos en los corredores industriales de Cuautlancingo, Coronango y Huejotzingo. A simple vista, estas zonas parecen un verdadero paraíso logístico por corren al paralelo de la autopista México – Puebla. Pero debajo de ese asfalto y detrás de las enormes puertas metálicas de las fábricas, se libra una guerra encarnizada, una competencia de suma cero por el recurso más valioso y escaso del ecosistema. Se trata de la “factibilidad energética”.

En el lenguaje de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), la factibilidad es un dictamen técnico que te permite conectarte a la red. Es el permiso fundamental para existir. Una empresa moderna de inyección de plásticos o de automatización automotriz no puede operar conectándose a un enchufe doméstico; requiere líneas de media o alta tensión estables y robustas. Pero la red nacional está profundamente saturada. Durante años, la falta de inversión estratégica en infraestructura de transmisión ha creado un cuello de botella verdaderamente monumental. El resultado es que la energía simplemente no alcanza para todos.

Esta escasez crea un fenómeno económico fascinante. Cuando un gran corporativo extranjero llega a Puebla buscando instalar una planta, su primera pregunta ya no es “¿cuánto cuesta el metro cuadrado?”, sino “¿cuántos kilovoltiamperios me puedes garantizar firmemente?”.

Un terreno gigantesco pavimentado en Huejotzingo no vale absolutamente nada si la subestación eléctrica cercana está operando al límite de su capacidad. Por el contrario, una vieja y descuidada bodega en Cuautlancingo puede venderse por millones de dólares simplemente porque conserva un contrato antiguo con una alta capacidad de carga eléctrica garantizada. En este peculiar mercado negro del desarrollo inmobiliario industrial, no estás comprando el suelo; estás comprando el enchufe.

Esta saturación de la red aterriza a nivel local con consecuencias devastadoras para la equidad social. La batalla por la tensión eléctrica obliga a las fábricas a competir entre sí, a veces de manera sumamente desleal, para acaparar los pocos voltios disponibles en la región. Las corporaciones gigantes, que cuentan con el capital financiero para cabildear grandes obras o construir sus propias subestaciones privadas, monopolizan el recurso. Mientras tanto, las pequeñas y medianas empresas, que son el verdadero motor del empleo masivo, se ven obligadas a buscar zonas periféricas menos saturadas pero mucho peor conectadas, o simplemente deciden abandonar el estado.

El apagón selectivo no significa que la luz se vaya repentinamente; significa que el sistema decide, desde su diseño y capacidad técnica, quién tiene el derecho a crecer y quién está condenado a estancarse. El diseño del flujo eléctrico actúa como un filtro implacable que determina en qué código postal se generarán los nuevos empleos bien pagados y qué municipio quedará relegado a ser una simple ciudad dormitorio.

El gran error que cometemos al analizar el sector energético y su infraestructura es pensar que los transformadores, los cables de alta tensión y las subestaciones son simples componentes técnicos, aburridos temas de ingeniería que solo importan a electricistas. En realidad, son la arquitectura invisible que moldea el destino económico de miles de familias.

Mientras no entendamos que la verdadera política social comienza en los cables de transmisión, seguiremos culpando a los políticos por la falta de inversión extranjera. La prosperidad económica de Puebla, la movilidad social de sus trabajadores y el futuro de nuestra industria ya no se deciden en elegantes palacios de gobierno. Se deciden, ahora mismo, en la silenciosa, oscura y restringida capacidad de la red eléctrica nacional. Quien controla la tensión, controla todo nuestro futuro.

Gabriel Becerra

Gabriel Becerra Dingler es comunicador, mercadólogo y emprendedor mexicano especializado en comunicación estratégica, periodismo y desarrollo de contenidos para los sectores energético, industrial y económico.

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