¿Cómo el tirador anónimo cambió la forma de manejar en Puebla?
Misterioso tirador atacó doce vehículos en la Vía Atlixcáyotl durante seis meses, usando balas reales. Sin detenidos, el pánico cambia la rutina de los poblanos.

Quien conoce bien la Vía Atlixcáyotl sabe que tiene sus propios ritmos. A ciertas horas, el tráfico frena en el cruce del Niño Poblano; más adelante, la curva antes de Plaza W invita a acelerar. Son rutinas memorizadas después de meses o años de recorrer el mismo tramo.
Pero desde enero de 2026, algo cambió en ese automatismo. Ahora hay conductores que bajan la velocidad al pasar frente a las Torres JV. Que suben el vidrio aunque haga calor. Que miran de reojo los edificios y los puentes al cruzar la zona de Osa Mayor. Y que revisan el parabrisas al llegar a su destino, por si acaso.
El “tirador de la Atlixcáyotl” no ha matado a nadie (afortunadamente). Pero ha alterado algo más difícil de medir: la sensación de normalidad sobre una de las vialidades más importantes de la zona metropolitana de Puebla.
Seis meses, doce ataques, ningún detenido
El primer caso grave ocurrió el 11 de enero de 2026, cuando Elías, un niño de ocho años, resultó herido por un proyectil en la mejilla mientras viajaba junto a su familia. El menor sobrevivió, pero el incidente generó una fuerte alarma entre la población. Lo que pudo haber quedado como un hecho aislado se convirtió, con el paso de las semanas, en un patrón. Unas semanas después, el 9 de febrero, las balas impactaron un autobús lleno de pasajeros. El 16 de abril, un repartidor en motocicleta fue alcanzado por un proyectil que le provocó una fractura en la tibia.
Los ataques documentados se han concentrado a lo largo de varios tramos: a la altura de las Torres JV, el hotel Camino Real, la Avenida Osa Mayor, el Tec de Monterrey, el Bulevar del Niño Poblano y Plaza W.
Para el 20 de junio, la Fiscalía General del Estado y la SSP confirmaban al menos 12 ataques con proyectiles contra vehículos en circulación, y peritos realizaban diligencias en distintos puntos de la vialidad.
Lo que también escaló fue el armamento. Los primeros ataques correspondían a postas o balines. Los más recientes muestran impactos de calibre 9mm, disparados con un rifle. El titular de la SSP del Estado de Puebla, Francisco Sánchez González, fue el primero en reconocer públicamente ese cambio. Quien sea que esté detrás de esto, deliberadamente subió el nivel de sus ataques.
El miedo que no necesita haber estado ahí
Lo más revelador del caso no está en las denuncias formales —hasta hace unas semanas, ninguna víctima había formalizado una denuncia ante la Fiscalía, lo que complicaba la integración de carpetas— sino en su propagación social. Una encuesta telefónica realizada por la firma Indicadores los días 8 y 9 de junio encontró que el 57% de los poblanos ya había escuchado hablar del “tirador de Angelópolis”. El 48% de quienes conocían el caso lo habían sabido por redes sociales.
Ese dato explica por qué el miedo se extendió mucho más rápido que los propios ataques. No hace falta haber recibido un impacto —ni siquiera conocer a alguien que lo haya recibido— para empezar a manejar diferente.
Basta con haber visto el video del rayo láser apuntando al casco del motociclista. Con haber leído que un proyectil quedó incrustado en el asiento del copiloto de un auto que pasaba por Osa Mayor. Con haber visto la foto del parabrisas perforado compartida en un grupo de WhatsApp. El miedo en la Atlixcáyotl no depende ya de la víctima directa; se alimenta de la repetición de reportes y de la incertidumbre sobre si esto tiene un solo responsable o varios.
Lo que las autoridades saben y lo que no confirman
La SSP reconoce al menos ocho reportes vinculados con disparos contra vehículos durante 2026. El área de Inteligencia trabaja con testimonios, evidencias y reportes ciudadanos. La Fiscalía mantiene carpetas abiertas. Pero ninguna de esas instituciones ha confirmado que todos los casos estén relacionados entre sí, ni que exista un único agresor.
Hay líneas de investigación. Tras la difusión del video del láser verde, se especuló que la Torre Adamant II podría ser uno de los puntos de origen de los disparos. En el caso más reciente, los peritos marcaron la dirección desde la que provenían los proyectiles apuntando hacia el camellón y la ciclovía, lo que abrió la posibilidad de que el tirador también haya actuado desde ese nivel. Pero las autoridades son cuidadosas. Se trata de líneas de investigación, no confirmaciones.
Se desplegaron patrullajes a pie, unidades de Tránsito, elementos de la Unidad Canina y personal de Inteligencia Policial, en coordinación con Guardia Nacional y la Fiscalía General del Estado. El operativo existe. El responsable, hasta el cierre de este texto, no ha sido identificado públicamente.
Una avenida moderna recorrida con cautela
La Vía Atlixcáyotl fue diseñada para ser el eje de un corredor urbano moderno con rascacielos, universidades, hospitales, centros comerciales, desarrollos habitacionales. Es la columna vertebral de Angelópolis y conecta la capital con San Andrés Cholula y la autopista hacia Atlixco. Decenas de miles de personas la recorren cada día.
Esa misma escala es lo que hace más inquietante lo que ocurre, en una vialidad que lo tiene todo —infraestructura, vigilancia, cámaras, patrullajes— alguien ha disparado contra vehículos en movimiento al menos doce veces en seis meses sin ser detenido. Y mientras las instituciones acumulan evidencias y coordinan mesas de inteligencia, los conductores hacen lo que pueden. Suben el vidrio, cambian de carril, mandan su ubicación en tiempo real, revisan el coche al llegar.
La Atlixcáyotl sigue siendo la misma avenida. Pero ya no se maneja igual.



