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Hemos olvidado lo que es tener hambre

El ayuno 16:8 trasciende la pérdida de grasa abdominal; es un entrenamiento de autocontrol y tolerancia a la incomodidad frente a la inmediatez de la vida moderna.

Vivimos probablemente en la época más cómoda de la historia de la humanidad. Tenemos comida disponible prácticamente a cualquier hora, aplicaciones que nos llevan cualquier antojo hasta la puerta de nuestra casa, entretenimiento infinito en el teléfono, compras que llegan al día siguiente y respuestas inmediatas para casi cualquier pregunta. Nos hemos acostumbrado tanto a esa facilidad que, cuando algo tarda más de lo esperado, nos desesperamos. Y cuando algo nos genera la menor incomodidad, casi automáticamente buscamos cómo eliminarla.

Con la comida sucede exactamente lo mismo. Sentimos un poco de hambre y comemos, muchas veces sin siquiera preguntarnos si realmente necesitamos hacerlo. De hecho, creo que buena parte del tiempo ya ni siquiera comemos porque tengamos hambre. Comemos porque estamos aburridos, ansiosos, porque vimos algo que se nos antojó en Instagram, porque alguien llevó pan de dulce, porque son las dos de la tarde y es “hora de comer” o simplemente porque abrimos el refrigerador y encontramos algo ahí.

En algún momento convertimos el hambre en una sensación que debe ser atendida inmediatamente y eso resulta bastante extraño si pensamos que, durante prácticamente toda la historia de nuestra especie, tener hambre fue algo completamente normal. Nuestros antepasados no tenían un refrigerador lleno, una tienda abierta las 24 horas o una aplicación capaz de llevarles comida en 30 minutos. El cuerpo humano evolucionó durante miles de años alternando periodos de alimentación con otros en los que simplemente no había comida disponible.

No estoy proponiendo regresar a las cavernas ni diciendo que la comodidad sea mala. Sería absurdo. Pero sí creo que vale la pena preguntarnos qué hemos perdido en el proceso de eliminar casi cualquier tipo de incomodidad de nuestra vida.

Esa pregunta es precisamente lo que más me ha interesado desde que comencé a practicar el ayuno 16:8 hace aproximadamente un mes. Al principio lo hice principalmente por sus beneficios físicos. Principalmente el reducir grasa abdominal, después mejorar mi metabolismo y por último experimentar cómo respondía mi cuerpo.

Sin embargo, conforme pasaron los días descubrí que había otra parte del ayuno que me parecía incluso más interesante y no tenía nada que ver con bajar de peso. Se trata de aprender nuevamente a sentir hambre.

Porque tener hambre es incómodo. El estómago te recuerda que quiere comida y la reacción automática es buscar algo para comer. Pero cuando voluntariamente decides esperar descubres algo bastante sencillo. No pasa nada. Puedes tener hambre y seguir trabajando, leyendo, haciendo ejercicio o realizando tus actividades normales. Después de un rato incluso puedes observar esa sensación sin sentir la necesidad inmediata de satisfacerla.

Para mí eso ha sido uno de los aprendizajes más interesantes. El hambre dejó de sentirse como una orden que tengo que obedecer y comenzó a ser simplemente una señal de mi cuerpo. Puedo reconocerla sin tener que reaccionar inmediatamente ante ella.

Y creo que esto tiene mucho que ver con la época en la que vivimos. Buena parte de la economía moderna está construida alrededor de reducir al mínimo el espacio entre lo que deseamos y el momento en que lo obtenemos. Quiero ver una película, la pongo inmediatamente. Quiero escuchar una canción, la tengo en segundos. Quiero comprar algo, hago dos clics y mañana aparece en mi casa. Quiero comer una hamburguesa y probablemente puedo tenerla en la puerta antes de que termine un capítulo de una serie.

Las redes sociales llevaron esa lógica todavía más lejos. Ya ni siquiera necesitamos esperar para recibir estímulos, ya que podemos tenerlos permanentemente. Un video, otro video, una notificación, un mensaje, un like, otra publicación. Si algo nos aburre durante diez segundos, deslizamos el dedo y buscamos otra cosa. Ya había hablado de esto en un artículo sobre los vinilos. Nos hemos acostumbrado poco a poco a que exista cada vez menos distancia entre el deseo y la recompensa.

El problema es que justamente en esa distancia se desarrollan algunas capacidades que seguimos necesitando. Paciencia, disciplina, autocontrol y tolerancia a la frustración. No estoy seguro de que eliminar toda la fricción de nuestra vida necesariamente nos esté haciendo un favor. La fricción también nos entrena. Nos saca de la zona de comfort. Nos hace crecer.

Por eso mi experiencia con el ayuno terminó convirtiéndose en algo distinto de lo que esperaba. Sigo interesado, por supuesto, en lo que sucede biológicamente durante esas horas sin comida. De acuerdo con algunos estudios, cuando dejamos de comer disminuyen progresivamente los niveles de glucosa e insulina y el organismo comienza a recurrir en mayor medida a la energía almacenada, aumentando la movilización y oxidación de grasas. Esa capacidad de utilizar diferentes fuentes de energía dependiendo de su disponibilidad forma parte de lo que se conoce como flexibilidad metabólica.

La investigación sobre la alimentación restringida en el tiempo también ha encontrado resultados interesantes relacionados con el peso corporal, la sensibilidad a la insulina y algunos indicadores de salud cardiometabólica. Hay estudios que sugieren beneficios adicionales cuando estos periodos de alimentación se sincronizan con nuestros ritmos circadianos. También se habla muchísimo de la autofagia, el proceso mediante el cual las células reciclan componentes dañados.

No pretendo evangelizar a nadie con el ayuno ni convertir mi experiencia de un mes en evidencia científica. Simplemente puedo contar lo que he observado en mí. He notado una reducción importante de grasa abdominal sin percibir pérdida de masa muscular, estoy durmiendo mejor y despierto con mayor claridad mental y energía. Son cambios que me han gustado y que quiero seguir observando con el paso del tiempo.

Sin embargo, hay otro resultado que no puedo medir en una báscula y que probablemente sea el que más valoro. Estoy aumentando mi tolerancia a la incomodidad. Cada noche existe un momento en el que tengo hambre y, en lugar de correr a satisfacerla, continúo con lo que estoy haciendo. No es una hazaña extraordinaria ni pretendo presentarla como tal. Es simplemente una pequeña práctica voluntaria de autocontrol.

Y últimamente pienso que quizá necesitamos recuperar un poco de eso en otros ámbitos de nuestra vida. Entrenar que aunque ese día no tengamos demasiadas ganas, terminar un proyecto después de que desapareció la emoción inicial, soportar el aburrimiento sin sacar el teléfono, aceptar un “no” sin derrumbarnos o continuar intentando algo aun cuando los resultados no llegan tan rápido como esperábamos. Todas son formas distintas de convivir con la incomodidad sin escapar inmediatamente de ella.

No creo que debamos buscar el sufrimiento ni romantizar las privaciones. La comodidad, la tecnología y la abundancia han mejorado nuestra calidad de vida de maneras extraordinarias. Tampoco el ayuno es adecuado para todas las personas, ni es una solución mágica para tener una buena salud. Pero sí creo que vale la pena cuestionarnos si, en nuestro esfuerzo por hacer todo cada vez más fácil, rápido y cómodo, también estamos debilitando nuestra capacidad de esperar, esforzarnos y tolerar que no siempre podemos obtener inmediatamente lo que queremos.

Después de un mes haciendo ayuno, curiosamente esa ha sido mi mayor conclusión. Empecé dejando de cenar porque quería experimentar algunos beneficios físicos y terminé descubriendo algo mucho más profundo. Sentir hambre durante unas horas no me hace ningún daño y tampoco tengo que hacer algo inmediatamente para eliminar esa sensación.

A veces puedo simplemente tener hambre y seguir con mi día.

Y en estos tiempos, aprender nuevamente a esperar quizá sea un ejercicio mucho más importante de lo que parece.

Gabriel Becerra

Gabriel Becerra Dingler es comunicador, mercadólogo y emprendedor mexicano especializado en comunicación estratégica, periodismo y desarrollo de contenidos para los sectores energético, industrial y económico.

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