México volvió a soñar… por eso duele tanto despertar

Hay derrotas que se olvidan con el paso de los días… Y hay otras que se quedan viviendo en el pecho porque no solo terminan un partido, también apagan un sueño compartido por millones de personas.
Durante un mes, México hizo algo que parecía imposible: dejó de discutir para empezar a abrazarse. El fútbol consiguió lo que nadie había logrado; regalarle al país una tregua, aunque fuera prestada.
Todo comenzó con un inocente “¿Y si sí…?”. Una frase que sonaba a broma terminó convertida en un acto de fe, porque los mexicanos siempre encontramos la manera de creer cuando todo parece perdido.
Las calles volvieron a cantar con Juan Gabriel, Caifanes sonó como un himno de identidad y las redes sociales dejaron de ser un campo de batalla para llenarse de esperanza, risas y orgullo por ser mexicanos.
Hasta un pato llamado Merlín terminó convirtiéndose en símbolo de un Mundial irrepetible. Parecía absurdo, pero en realidad representaba la capacidad de este país para encontrar alegría donde nadie más la buscaría.
En las tribunas ya no importaban los apellidos, las ideologías ni el tamaño de la cartera. Durante noventa minutos todos celebraban el mismo gol, sufrían la misma jugada y soñaban exactamente el mismo final.
La Selección respondió como hacía mucho no lo hacía. Caminó con autoridad, venció obstáculos deportivos y emocionales, y llegó a Inglaterra convencida de que los gigantes también podían caer frente a una multitud que nunca dejó de creer.
Entonces apareció el último silbatazo. No solo terminó un partido; comenzó ese incómodo silencio que invade las ciudades cuando millones descubren al mismo tiempo que el milagro tendrá que esperar otros cuatro años.
Quizá por eso esta eliminación duele diferente. Porque México no perdió únicamente un lugar en el Mundial; perdió ese breve instante donde el país volvió a parecer una sola familia, reunida frente a una misma ilusión.
Hoy regresan el tráfico, las prisas y las diferencias de siempre. Pero en algún rincón quedarán guardados los abrazos con desconocidos, los gritos que estremecieron al Azteca y aquella pregunta que, tarde o temprano, volveremos a hacernos con la misma terquedad de siempre:
¿Y si sí?



