¿Y si sí?… ¿Y si no?

El libreto histórico del fútbol mexicano está escrito con tinta de melodrama: un “jugamos como nunca, perdimos como siempre”, sazonado con un penalti fallado, una mala decisión arbitral o un “no era penal”. Pero en el Mundial 2026, la psique colectiva coquetea descaradamente con la fantasía prohibida. ¿Qué pasa si el milagro ocurre?
¿Qué pasa si se cumple el utópico e irreverente “¿Y si sí?”?
Plantear este escenario no es solo un ejercicio de optimismo deportivo, sino un viaje sociológico directo al corazón de nuestra idiosincrasia. A continuación, desglosamos con rigor satírico y realismo puro el mejor y el peor de los mundos ante la llegada de la Copa de la FIFA a vitrinas mexicanas.
El Mejor Escenario
En el plano idílico, el campeonato de la selección actúa como una terapia de choque emocional que ninguna política pública o divisa económica podría jamás comprar.
El renacimiento de la autoestima nacional, seguido de la muerte oficial del “Ya Merito”, donde generaciones enteras de heridas nacionales se resuelven en 90 minutos.
De un día a otro el mexicano promedio amanece con un chip modificado; el chip del éxito, donde este elusivo sentimiento (aunque no lo sea) deja de ser un mito extranjero y se convierte en una posibilidad real en la oficina, la escuela y la vida cotidiana.
La tregua política, durante por lo menos un mes, el debate político encarnizado se evapora. Las redes sociales cambian los insultos ideológicos por memes de agradecimiento eterno a Javier Aguirre, Gil Mora, Quiñones y Raúl Jiménez. Súbitamente, hay una cohesión social tan pura que los vecinos que no se hablaban terminan llorando abrazados en la banqueta. De un momento a otro la barrera entre chairos y fifís se desvanece.
Sucede la derrama económica de la euforia; el PIB experimenta un repunte milagroso impulsado exclusivamente por el consumo de cerveza, carne asada, camisetas con la estrella bordada y banderas tricolores al por mayor. El comercio informal y formal viven un agosto permanente.
Y por último, la exportación Cultural. La imagen de México en el extranjero da un vuelco radical. Las portadas internacionales ya no hablan de crisis de seguridad, sino del júbilo incontrolable, la calidez y de un país que sabe cómo celebrar.
El Peor Escenario
Sin embargo, el realismo mágico mexicano nos obliga a mirar el reverso de la medalla. Una victoria de esta magnitud también liberaría a los demonios de nuestra propia tragicomedia gubernamental y social.
El país viviría la cruda del siglo y no hablo únicamente de las consecuencias de la fiesta constante que probablemente dure más de dos semanas, hablo de las consecuencias económicas de la fiesta desmedida.
México enfrentaría la madre de todas las cortinas de humo. Lamentablemente, la clase política capitaliza el triunfo con un gran cinismo. Se aprueban reformas polémicas y se minimizan problemas críticos mientras todos estamos de fiesta. La presidenta decreta tres días de asueto oficial, lo que convenientemente congela cualquier protesta social en curso, además de que pocos se darán cuenta.
En estos días de fiesta llegaremos al colapso de la productividad, debido a que el país entra en una parálisis operativa total. Nadie va a trabajar, los trámites gubernamentales se retrasan meses porque “el personal está de festejo” y los servicios públicos operan a media marcha. El ausentismo laboral rompe récords mundiales.
Durante los días de fiesta veríamos la anarquía festiva en las calles, donde la euforia muta en desorden. Los monumentos icónicos sufren daños por la marea humana, los sistemas de transporte colapsan por completo y la delincuencia menor aprovecha las aglomeraciones del festejo interminable. El Ángel de la Independencia requiere una restauración de emergencia.
Un México campeón del mundo demostraría que nuestra mayor fortaleza y nuestra mayor debilidad provienen del mismo lugar, de la pasión desbordada. El fútbol no tiene la capacidad de pavimentar calles, mejorar hospitales ni pacificar regiones, pero tiene el poder absoluto de darnos un respiro colectivo.
Si el “¿Y si sí?” se vuelve realidad, la mañana siguiente nos encontrará exactamente con los mismos problemas estructurales de siempre, pero con una diferencia sutil e imborrable; los enfrentaremos con una sonrisa indestructible y la certeza de que, al menos una vez en la historia, fuimos los reyes del mundo.



