Baches: ¿Qué tienen en común una llanta ponchada y un mesero desempleado?

¿Por qué los baches destruyen negocios? La economía conductual revela cómo los baches de Puebla alteran secretamente la psicología del consumidor local.
Imagina que es viernes por la noche en Puebla. Tienes ganas de cenar en ese restaurante tradicional del Centro Histórico que tanto te gusta. Las chalupas son perfectas y el ambiente es inmejorable. Sin embargo, justo cuando tomas las llaves de tu auto, tu cerebro hace un cálculo rápido e inconsciente. Recuerdas el cráter en la calle 9 Sur, ese bache masivo que casi te arranca la suspensión la semana pasada. De pronto, el antojo de chalupas desaparece y decides ir a una plaza comercial en la periferia, donde el estacionamiento es liso y seguro.
Felicidades. Acabas de ser víctima de uno de los principios más fascinantes de la economía conductual, la aversión a la pérdida.
El economista ganador del Nobel, Daniel Kahneman, demostró que a los seres humanos nos duele el doble perder algo de lo que nos alegra ganarlo. En el ecosistema urbano de Puebla, esto se traduce en el miedo a perder 4,000 pesos en la reparación de un rin y una llanta supera por mucho la alegría de una cena de 500 pesos. El bache ha dejado de ser un simple defecto en el pavimento para convertirse en un impuesto cognitivo y un disuasivo de consumo.
Si multiplicamos esta decisión individual por los miles de conductores que circulan diariamente, empezamos a entender el verdadero desastre financiero. Hoy, el 48% de las vialidades en Puebla presenta un rezago crónico. Este nivel de deterioro ha generado una fricción monumental en el mercado. En economía, la “fricción” es cualquier cosa que dificulte una transacción. Cuando las calles son intransitables, la fricción es tan alta que los consumidores simplemente cambian sus patrones de comportamiento.
El resultado es escalofriante para la iniciativa privada. Las cámaras de comercio de ciudad reportan una caída del 30% en las ventas del Centro Histórico. Los clientes no desaparecieron; simplemente migraron a entornos donde la fricción vehicular es menor, es decir menos baches y menos calles cerradas.
Pero la economía es una cadena de dominó. Cuando las ventas de una boutique o un café caen un 30% de forma sostenida, el dueño del negocio se enfrenta a un problema matemático básico; los números no cuadran. La primera variable que ajustan no es la renta (que es fija), sino la nómina. Es aquí donde el bache se cobra su factura más cara. En los últimos meses, el rezago vial en el corazón de Puebla ha costado la eliminación de al menos 450 empleos formales. Ese mesero que perdió su trabajo no lo hizo porque diera un mal servicio, ni porque la comida empeorara. Perdió su trabajo porque la aversión a la pérdida de los conductores secó el flujo de clientes.
Ahora, miremos el otro lado de la moneda. El gasto público. ¿Por qué, si el problema es tan evidente, no se soluciona? Aquí entra otro concepto fundamental de la economía conductual. El “riesgo moral” (moral hazard).
En 2025, el Ayuntamiento lanzó con bombo y platillo el programa “Bacheando Puebla”, presumiendo una inversión histórica de 109 millones de pesos. Sin embargo, estamos en 2026 y la ciudad sigue pareciendo la superficie lunar. ¿Qué falló? Los incentivos estaban mal alineados. Las investigaciones técnicas revelan fallas graves en la aplicación del riego asfáltico. Los contratistas utilizaron materiales baratos y técnicas superficiales.
El riesgo moral ocurre cuando alguien toma más riesgos o hace un mal trabajo porque sabe que no pagará las consecuencias. Si a una constructora se le pagan millones por tapar agujeros, pero los contratos no incluyen penalizaciones estrictas por “vicios ocultos” cuando el asfalto se deslava con la primera tormenta de mayo, su incentivo financiero es hacer el trabajo lo más rápido y barato posible. Su negocio no es que la calle dure; su negocio es tapar el hoyo hoy, cobrar mañana y, con suerte, volver a ser contratados el próximo año para tapar exactamente el mismo hoyo.
A esto se le suma la Teoría de las Ventanas Rotas. En criminología y sociología, un entorno urbano descuidado (una ventana rota, o en este caso, una calle destrozada) emite una señal subconsciente de abandono y anarquía. Para un turista o un comprador local, una calle llena de baches crónicos no solo daña el auto, sino que genera una percepción de inseguridad generalizada, reduciendo aún más el tráfico peatonal.
Tratar el problema de los baches en Puebla como un mero asunto de ingeniería civil o mantenimiento estético es un error de miopía gubernamental. El pavimento es la arteria por donde fluye el comercio. Hasta que las autoridades no entiendan que aplicar concreto hidráulico de alta calidad no es solo “obra pública”, sino el paquete de estímulo económico y retención de empleo más efectivo que existe, los 109 millones de pesos seguirán yéndose por la alcantarilla. Y mientras tanto, los poblanos seguirán pagando el precio oculto de esquivar el siguiente cráter.



