Antes de que cierre la puerta

Ya vienen los gorrones…
En política hay quienes detectan una aspiración antes de que el o la “suspirante” se atreva a confesarla. Basta que alguien deje entrever sus ganas de aparecer en una boleta para que comiencen las llamadas, las invitaciones al café y las declaraciones de amistad.
“Siempre hemos creído en tu proyecto”, le dicen. Curiosamente, el proyecto todavía no existe. El presupuesto o los cargos que se imaginan repartir, sí.
No faltan los gorrones, como decía Chava Flores. No vienen a pedir una candidatura, prefieren algo más seguro: cobrar por convencer a otro de que puede conseguirla. Se presentan como estrategas, asesores, expertos en territorio y operadores electorales. Todos conocen a alguien, todos estuvieron donde había que estar y todos aseguran tener la pieza que falta para ganar.
El currículum se cuenta entre cafés. La evidencia es de “puritita saliva”.
Conforme se acercan las definiciones de candidaturas y los registros, conviene que los aspirantes aprendan a distinguir entre quien puede ayudarles a construir una campaña y quien solamente quiere instalarse a vivir de ella.
Porque existen profesionales capaces, cuyo trabajo cuesta y debe pagarse. El problema aparece cuando se cobra experiencia que no puede demostrarse, se prometen estructuras que nadie ha visto y se vende como estrategia lo que apenas es una colección de anécdotas.
“Yo hice ganar a fulano”. La pregunta inmediata debería ser: ¿haciendo exactamente qué? ¿Diseñó la estrategia? ¿Organizó el territorio? ¿Administró recursos? ¿O simplemente estuvo cerca del ganador y salió en las fotografías?
Haber viajado en la camioneta de una campaña no convierte a nadie en autor del triunfo. También convendría preguntar por las derrotas, porque esas suelen desaparecer de las presentaciones profesionales. Cuando ganan, fue gracias a su operación; cuando pierden, el candidato no escuchó o el partido no ayudó.
También están aquellos que convierten un triunfo pasado en una credencial con vigencia eterna. La campaña cambió, el electorado cambió y los problemas son otros, pero ellos siguen contando la misma victoria. Allí están los Zavala (Dios nos libre), los Morales, los Manzanilla, los Rodríguez, los Castañón y ahora (resulta) que hasta el Chumacero. Todos ellos merecen preguntas concretas cuando se invoca su experiencia: ¿en qué campañas participaron?, ¿qué resultados pueden acreditar? Asesorar y operar son funciones distintas. La cercanía con el ganador no te convierte en estratega.
Una victoria merece reconocerse, pero no puede convertirse en un cheque en blanco. Quien pretenda dirigir una campaña debe demostrar que entiende la elección que viene. Las glorias del pasado sirven para la sobremesa; para una campaña nueva hace falta presentar un plan porque asesores que se anuncian como estrellas y terminan estrellando al candidato o la candidata sobran.
Los gorrones ya vienen prometiendo contingentes, presumiendo relaciones, repartiendo favores y hablando de comunidades enteras como si fueran propiedad del operador. “Ese municipio es mío”. “A esa organización yo la muevo”. “Tú dime cuántos necesitas”. Ahí asoma el priismo más rancio: la idea de que la voluntad de las personas puede administrarse desde una mesa y que la experiencia política se mide por la cantidad de mañas acumuladas.
Cambian los colores del chaleco; el manual conserva las mismas páginas. Las marrullerías no se vuelven conocimiento especializado porque alguien las cobre caras. Y una mapachería no adquiere categoría de estrategia por presentarse en PowerPoint.
Una campaña necesita conocer el territorio, escuchar problemas, identificar apoyos y entender resistencias. Necesita organización y capacidad para corregir. Eso exige mucho más trabajo que presumir una agenda de contactos.
Por eso, antes de entregar decisiones, los aspirantes deberían pedir cosas bastante elementales: responsabilidades claras, un diagnóstico, un plan, costos justificables y resultados que puedan revisarse.
Si alguien presume una estructura, que explique dónde está, quién la integra y cómo participa. Si ofrece comunicación, que presente un mensaje y explique a quién pretende llegar. Si promete conocimiento territorial, que pueda hablar de las diferencias entre comunidades y no solamente de los restaurantes donde acostumbra reunirse con sus contactos.
Este consejo también va para los grupos políticos: revisen a quienes se acercan, pidan referencias y escuchen a quienes ya trabajaron con ellos. Pregunten qué entregaron, cómo manejaron los recursos y qué ocurrió cuando las cosas salieron mal.
Un asesor valioso debe poder explicar su trabajo. Un coordinador debe asumir sus decisiones. Un equipo necesita saber qué se espera de cada integrante. Ninguna de esas exigencias debería ser una ofensa para un profesional.
Antes de que cierre la puerta: acuérdese de los gorrones de Chava Flores. No vaya a convertir su campaña en una fiesta de barriada muy popof, donde usted ponga “lo bonita” mientras otros brindan a su salud. Porque si gana, todos organizaron la fiesta; si pierde, ninguno conocerá a la festejada. Faltaba más.



