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Crónica de una despedida anunciada: Lorena Cuéllar y el peso muerto de su gabinete

Tres horas para llenar una plaza y quince minutos para vaciarla. El aniversario dejó la imagen de un lorenismo que conserva todavía los cargos, pero ya perdió el compromiso y el rumbo.

La plaza de toros de Apizaco tardó alrededor de tres horas en llenarse y unos quince minutos en vaciarse. Fue la señal más clara del festejo por el quinto aniversario del triunfo electoral de Lorena Cuéllar Cisneros: reunir a la gente costó; las ganas de marcharse sobraron.

La mañana del 10 de octubre fue gélida. La frialdad acompañó todo el encuentro. Ni el esfuerzo del grupo musical logró levantar unos ánimos que parecían apagados desde antes.

La celebración de una victoria terminó pareciendo una despedida muy anunciada. La frialdad de la derrota recorría la plaza: una derrota anímica, visible en el desinterés y en la falta de entusiasmo de una estructura política que ya perdió confianza en su propio futuro.

En política, la forma es fondo. Los gestos, las distancias y los rostros envían señales. Las del lorenismo fueron muy desoladoras, de un funeral.

Muchos funcionarios del gabinete legal y ampliado estaban presentes, pero parecían lejos. Sus porras carecían de fuerza. Su actitud transmitía más obligación que compromiso. En sus rostros yacía la soledad que rodea al poder cuando comienza a retirarse, aun cuando todavía quedan meses de gobierno.

El lorenismo lució desafecto, desconectado, desinteresado. Esa imagen debe preocupar a la gobernadora: un equipo que pierde el rumbo termina comprometiendo la conducción de toda la administración. El desgaste de sus colaboradores ya la ha expuesto demasiado. Ella pone el rostro mientras que quienes le organizan los encuentros y articulan la convocatoria exhiben sus limitaciones.

Entre los trabajadores hubo pesadez. Parecían cargar con otro evento al que había que asistir, permanecer y aguantar. La sensación era la de una presencia casi obligatoria, lejos de una celebración propia. Los burócratas no tienen por qué compensar la falta de capacidad política de quienes los convocan.

El discurso tampoco logró romper aquella frialdad. Algunos pasajes se hicieron largos, tediosos y aburridos, con frases previsibles preparadas para cumplir con la ceremonia. Sonaban a texto de despacho. Por momentos apareció la voz genuina de Lorena Cuéllar: más personal, más auténtica, con mayor fuerza. Ese contraste se mostró en los ánimos de la gente.

La gobernadora necesita un equipo que entienda el momento político, escuche a la gente y sepa decirle qué está fallando. Si sus colaboradores sólo reproducen actos agotadores y discursos desconectados, terminan alejándola de quienes busca convencer.

Ahí está el problema del peso muerto: funcionarios que conservan una posición, pero han dejado de aportar trabajo, conducción y resultados. Su permanencia acumula pendientes y aumenta el desgaste de quien encabeza el gobierno. ¿Cuántos siguen comprometidos con cerrar bien la administración? ¿Cuántos calculan su siguiente acomodo? ¿Cuántos permanecen cerca de Lorena porque todavía puede mantenerlos en el cargo?

La gobernadora debe responder esas preguntas con una evaluación de su gabinete. Quien dejó de cumplir debe salir. Quien perdió capacidad debe ser relevado. Quien ya está ocupado en su siguiente proyecto no debería seguir conduciendo una responsabilidad que exige atención diaria.

Lorena Cuéllar debe quitarse de encima ese peso muerto. Mantenerlo por gratitud, costumbre o cálculo político hará más difícil el cierre y concentrará en ella las consecuencias.

La imagen de Apizaco fue la de un equipo político que ha perdido el rumbo. Una parte del lorenismo parece más interesada en sobrevivir a la coyuntura que en concluir con resultados. La gobernadora debe distinguir quién sostiene el trabajo del gobierno y quién se sostiene del gobierno para conservar su posición.

El mandato concluye el 30 de agosto de 2027. Desde este aniversario quedan casi once meses. Todavía hay tiempo para corregir, atender pendientes y entregar resultados. Dejar avanzar la indiferencia sería una decisión de la propia gobernadora.

Ojalá las señales de Apizaco la lleven a mirar más allá de las fotografías. A reconocer quién sigue trabajando y quién ya se despidió, aunque conserve el cargo. Lorena Cuéllar todavía puede mejorar el cierre de su gobierno, pero debe empezar por dejar de cargar con quienes ya perdieron el rumbo.

Mateo Reyes

Licenciado en Periodismo y Comunicación.En Contraluz.com.mx enfoca su lente y pluma en dar voz a las historias que suceden entre líneas, combinando el rigor informativo con la profundidad del reportaje de fondo. Convencido de que el buen periodismo no solo informa, sino que ilumina las zonas donde la sociedad necesita claridad.

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