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De mezclar condensados con crudo a diluir muertos en las estadísticas

En mis artículos he señalado como Pemex presenta sus cifras de producción para cuadrar una narrativa. Hoy la discusión es mucho más grave: ya no hablamos de barriles, hablamos de personas.

Hace muchos años leí en la biografía de Steve Jobs, escrita por Walter Isaacson, sobre algo que sus colaboradores llamaban el “campo de distorsión de la realidad”. El término lo acuñó Bud Tribble, uno de los integrantes del equipo original del Macintosh, para describir una peculiar habilidad de Jobs, el podía presentar las cosas con tal seguridad, carisma y convicción que conseguía que quienes estaban a su alrededor aceptaran una versión de la realidad que, minutos antes, parecía imposible.

No necesariamente mentía. Era algo más sutil. Tomaba los hechos, los doblaba, los acomodaba y construía con ellos una realidad que servía a su propósito.

Pemex tiene desde hace algunos años su propio campo de distorsión de la realidad. No necesariamente porque todos sus datos sean falsos, sino porque durante los últimos ocho años hemos visto cómo una clasificación, una metodología o una categoría estadística pueden cambiar la percepción de la realidad sin necesidad de cambiar la realidad misma.

Podríamos llamarlo “el campo de distorsión de Pemex”.

Lo vemos con la producción petrolera. Cuando la producción de crudo comenzó a mostrar con mayor claridad su declive, el discurso empezó a anunciar un nuevo indicador, los “hidrocarburos líquidos”, una categoría que suma petróleo crudo y condensados. Técnicamente puede existir una justificación para hacerlo. El problema aparece cuando esa cifra agregada termina ocupando el lugar del dato que realmente queremos conocer. Cuánto petróleo crudo produce Pemex.

En julio de 2026, Pemex reportó alrededor de 1.674 millones de barriles diarios de hidrocarburos líquidos, pero la producción de petróleo crudo fue de aproximadamente 1.368 millones. Los otros 306 mil barriles diarios fueron condensados.

Ninguno de esos barriles es imaginario. Los condensados existen, tienen valor y forman parte de la producción de hidrocarburos. Pero un condensado no se convierte en petróleo crudo porque lo coloquemos dentro de la misma suma. Y ni siquiera voy a hablar de lo difícil que es ahora encontrar la información.

El problema, entonces en Pemex, ya no es matemático/contable. Es narrativo y ahora esa discusión adquiere una dimensión mucho más delicada.

Una investigación publicada por EL CEO encontró inconsistencias entre las bases de accidentes entregadas por Pemex vía Transparencia y las muertes que la propia empresa había reconocido públicamente en comunicados, informes y otros documentos. Una situación parecida a la vista en 2020 cuando ante el exceso de muertes por COVID-19 entre trabajadores de la empresa se decidió dejar de publicar los datos.

El ejemplo más difícil de explicar es el incendio de la plataforma E-Ku A2, ocurrido el 22 de agosto de 2021 en la Sonda de Campeche. Después del accidente, Pemex informó públicamente de trabajadores muertos y desaparecidos. El saldo terminaría siendo de siete personas fallecidas.

Sin embargo, de acuerdo con la investigación de EL CEO, al revisar posteriormente las bases de datos entregadas por Pemex, esas muertes no aparecen de manera consistente como fatalidades. Algunos eventos fueron clasificados como “N/A”; otros aparecen bajo categorías como “incapacitante”; otros simplemente no pueden conciliarse con aquello que la propia empresa había informado públicamente. Aquí es donde dejamos de discutir semántica.

Porque podemos debatir durante horas si los condensados deben contabilizarse dentro de los hidrocarburos líquidos. Podemos discutir metodologías internacionales, equivalencias, criterios técnicos, formas de presentar la producción, bueno hasta la rentabilidad de los condensados.

Pero un muerto es un muerto, aqui no existe una metodología estadística que pueda modificar ese hecho.

Si una persona entró a trabajar a una instalación petrolera y murió como consecuencia de un accidente, ese fallecimiento debe aparecer con absoluta claridad en cualquier registro que pretenda medir la seguridad de la empresa.

Sin eufemismos. Sin categorías ambiguas. Sin necesidad de que un periodista tenga que reconstruir boletines de prensa, informes de sostenibilidad, reportes financieros y solicitudes de transparencia para averiguar cuántas personas murieron realmente. Y ése es, para mí, el verdadero problema.

No puedo afirmar que Pemex haya diseñado deliberadamente un sistema para ocultar muertos. La investigación de EL CEO muestra inconsistencias importantes, pero demostrar una intención requeriría conocer expedientes, metodologías y decisiones internas.

Pero tampoco hace falta llegar hasta ahí para señalar algo preocupante: Pemex parece haber desarrollado una extraordinaria capacidad para encontrar categorías estadísticas que hacen que los problemas se vean menos graves.

Cuando el crudo cae, hablamos de líquidos; cuando hay una fatalidad, puede aparecer como “incapacitante”; cuando una categoría resulta incómoda, aparece un “N/A”.

Individualmente, cada decisión puede tener una explicación técnica. El problema surge cuando todas apuntan en la misma dirección, tratar de suavizar la lectura de la realidad adversa que enfrenta la empresa.

No estamos hablando de una compañía privada que sólo debe explicaciones a sus accionistas. Hablamos de la empresa del Estado mexicano, una organización que administra recursos públicos, opera instalaciones de altísimo riesgo y emplea directamente o mediante contratistas a miles de personas.

La transparencia, por tanto, no puede consistir simplemente en publicar bases de datos. La transparencia significa que esas bases permitan entender la realidad, no esconderla detrás de una clasificación errónea.

Pemex debería responder la investigación de EL CEO con algo muy sencillo; una base pública y conciliada de todos los accidentes ocurridos en sus instalaciones, con fecha, lugar, empresa responsable del trabajador, tipo de incidente, lesionados, fallecidos, causa determinada y estatus de la investigación. Sin “N/A” cuando existe información.

Sin categorías que permitan que una muerte termine perdida entre accidentes incapacitantes. Sin obligarnos a reconstruir la historia.

Porque detrás de cada renglón no hay solamente un indicador de seguridad industrial. Hay una persona.

Tal vez durante años toleramos el “campo de distorsión de Pemex” cuando se trataba de la producción de crudo. Si el crudo caía, podíamos hablar de hidrocarburos líquidos; si agregábamos condensados, la cifra se veía mejor. Los barriles siguen ahí y, con suficiente paciencia, todavía es posible encontrarlos escondidos en la base de datos institucional.

Pero cuando ese mismo campo de distorsión alcanza las estadísticas de seguridad, la discusión cambia por completo. Una empresa puede cambiar el nombre de un indicador, modificar una metodología o reclasificar un accidente. Puede poner “N/A” en una celda o llamar “incapacitante” a un evento. Puede construir una narrativa alrededor de los datos.

Lo único que no puede hacer es cambiar lo que ocurrió. Ésa es precisamente la diferencia entre el campo de distorsión de Steve Jobs y el de Pemex. Jobs intentaba convencer a su gente de que lo imposible podía hacerse realidad. Pemex parece empeñado en convencernos de que la realidad puede hacerse menos incómoda cambiando la manera de contarla.

Y quizá eso funcione con los barriles, pero con los muertos, no.

Gabriel Becerra

Gabriel Becerra Dingler es comunicador, mercadólogo y emprendedor mexicano especializado en comunicación estratégica, periodismo y desarrollo de contenidos para los sectores energético, industrial y económico.

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